dijous, de juliol 20, 2006

La cadència del jazz


Jazz de Toni Morrison és una forma d'acostar-se a la Nova York dels negres, a la ciutat que creix sobre la sang i les morts de molts d'ells. Sobre les seves ambicions, necessitats, mancances, aspiracions. Sobre el seu treball i la seva explotació. Però no ho fa en termes de retret sinó amb un esperit de reivindicació de la reça negra i, sobretot, d'estimació per la ciutat que els va acollir (sempre pagant el preu que NY cobra a tots els seus habitant, és clar!).

Situat als carrers de l'emblemàtic Harlem pels volts dels anys 30, Jazz trena una sèrie de vides que endinsen les seves arrels en el temps de l'esclavatge. Amb una cadència molt especial, el text de Morrison relata amb dignitat les (no) vides de diferents persones implicades en un crim passional. Moltes d'elles, a més, lluitant per la seva condició de dones.

El rerefons: la música que es respira pels carrers. La millor fugida a l'alienament provocat per la ciutat, de la vida a Nova York.

Un fragment (és llarg però val molt la pena per entendre la prosa jazzística d'aquesta Premi Nobel que és Toni Morrison):

Entonces, de súbito, como una soga lanzada para rescatarla, los tambores cubrieron la distancia, uniéndoloes y conectándolos a todos: Alice, Dorcas, su herman y su cuñado, los Boy Scouts y las congeladas caras negras, los espectadores de la calle y los que observaban desde lo alto de las ventanas.
Alice llevó aquella soga que lo amarraba todo siempre consigo, desde aquel día en la Quinta Avenida, y la consideraba innegablemente fuerte y segura... la mayoría de las veces. Escepto cuando los hombres se sentaban ante la ventana para tocar sus instrumentos de viento y las mujeres musitaban "hace tanto tiempo, tanto, tanto". Entonces la soga se rompía, alterando supaz, volviéndola consciente de la presencia de la carne y de algo tan licencioso que podía percibir su olor a sangre; la volvía consciente de la vida que tenía más abajo de la cintura, así como del rojo de sus labios. Sabía por los sermones religiosos, y también por ciertos editoriales de prensa, que aquellos no era auténtica música: tonterías propias de la gente de color; nocivas, ciertamente; embarazosas por descontado; pero no cosas genuina, no cosas serias.
No obstante, Alice juraba que oía en aquellos acordes una cólera compleja, algo hostil que se disfrazaba de floria y estrepitosa seducción. Pero la parte que odiaba más era su apetito. sus ansias de golpes, de cuchilladas; una especie de hambre insensata de palea, o la avidez por un rubí rojo en el alfiler de corbata: ambas cosas servían. Simulaba la felicidad, simulaba una bienvenida, pero a ella no la hacía sentirse generosa aquella música propia de sucios antros de baile, de miserables bares clandestinos, de cabarets baratos. La inducía a cerrar el puño dentro del bolsillo de su delantal para no estrellarlo contra el panel de vidrio y agarrar el mundo del otro lado y exprimir de él la vida por lo que le había hecho y hecho y hecho a ella y a todas las demás personas que conocía o de las que sabía algo. Mejor era cerrar las ventanas y los postigos, sudar en el calor veraniego de un silencioso apartamento de Clifton Place que arriesgarse atener una ventana rota o lanzar un aullido que quizá no sabría como interrumpir.

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